domingo

La Familia

"Te haremos una pizza que no podrás rechazar" 

Ésta es la carta de una pizzeria de mi pueblo, de las mejores que he probado, la verdad xDD  
Linkillo, tan cabrito como siempre...


New Edit: Encontradas más referencias para con "la camorra":

sábado

"Cómo no cuidar de 3 galápagos"

Bien, bien, bien… El trauma dio paso al olvido, el olvido al capricho… El olvido te hace tropezar tantas veces con la misma piedra… Niño, ¿no sabes lo que es cuidar de un animal sin animarlo a la autolisis? Pues sigue delante de la pantalla y no muevas un músculo (ains, si tuviera a una negra al lado con una ampolla de suero oftálmico en la mano iba a estar yo perdiendo mi valiosísimo tiempo parpadeando inútilmente…). Por supuesto esto no pudo ser, el niño tuvo que levantarse, aunque sólo fuese para satisfacer sus necesidades básicas (que sí, que en aquella época era algo así como un tamagotchi con sofá, vamos) y pensó… sí, pensó.
Así es como llegamos de nuevo a la idea de convertirse en el dueño de un ser vivo… Pero… ¿es realmente posible esto? ¿Somos dueños a caso de nuestras vidas? ¿No es más probable que seamos nosotros los controlados por otro ente superior? ¿Nos referimos a los medios? ¿A la sociedad? ¿Al rey? ¿A la red? ¿A los bancos? ¿A Samael? ¿A sonic desde su tumba pixelada…? ¿Me ha consumido el “Zeitgeist”? ¿O, por el contrario, he consumido yo algo? Para dar respuesta a tan enigmáticas preguntas hazte un blog conspiranoide.
“Papa, quiero una tortuga” Esas fueron las palabras que dieron paso al principio del fin (imagino que ya te haces una idea de la serie que desplazó de la parrilla televisiva a la de “Kenshin”, ¿no?). A la búsqueda de la tortuga pues…
Era época de frio, por lo que nada más salir a la calle nos refugiamos en un angosto callejón que atravesaba un edificio cercano de un lado a otro (sí, lo atravesaba). Un callejón de mala muerte. De mala muerte sí, pero calentito también, oiga. Y no te lo digo por la temperatura ambiente, que también, sino porque era el típico lugar donde un hombre descubría que se puede subir al ático sin ascensor. Mujeres que debían ser muy pobres, pues yo no concebía que en pleno invierno pudiera vestir uno con minifalda, pero bueno...
Ajá, take on me, hasta el momento todo normal. Un padre y su hijo buscando tortugas (¿vendrán con katanas incluidas?) en un callejón lleno de mujeres y mierda (la cual, como buena mierda que era, también hacía su pequeña y pestilente aportación al calor ambiental). Al acercarme a una de sus churretosas paredes llegó a mi un olor familiar que más tarde asociaría a la habitación de mis padres en una de esas mañanas en las que madrugaba para ir a mear su aseo…Hmmm…
Unos metros más allá nos recibieron las cristaleras de la tienda, que habían decidido no desentonar con el color predominante de la escena, dando cobijo a un sin fin de especies todavía sin clasificar. ¿La tienda? No estaba mal (para un reportaje de Callejeros). Unos cuantos animalillos por aquí y por allá buceando en sustancias de colores que jamás había visto antes y comida, comida con destino a la estación infarto de miocardio (me pregunto si la Liga del Mal se había aliado ya con la Gran Liga de Cardiólogos del mundo para crear tan terrible establecimiento). Mi padre me prohibió comprar la ambrosía que alli se vendía por 5 duros, porque tenía miedo de que ello implicase comer de aquello que pasaba por las manos (llámale manos, llámale pezuñas de la oscuridad) del orco al mando del cubil.
Tras nuestro particular descenso a los infiernos (muy similares al sobaco de un retostaico grillo en pleno verano sevillano), mi madre nos recibió en la puerta de casa con cara de preocupación. Vi cómo miraba a mi padre, un reproche silencioso y lleno de hastío, pues ella era la encargada de ocultar las pruebas. Cuidado, no vaya a ser que Grison se pase por casa y empiece a atar cabos… Ella sabía que el número de víctimas del sociópata de su hijo aumentaría gracias a los recién llegados.
De una forma u otra, dejó que me ocupase yo de todo. Ella continuó con su hobby del momento, el jodido ganchillo. ¿Que qué tiene de malo que alguien haga ganchillo? Nada, mientras la persona no vaya dejando por ahí perdidas estratégicamente las enormes agujas esas. Fue una época de gran estrés, uno vivía acojonado, preocupado por si, al sentarse en el sofá, acababa con el bazo extirpado. Mi hermana ya se llevó un susto con ellas, por un momento pensó que de haberse hecho la prueba del pañuelo no la hubiera superado. Tal era la magnitud de esos arpones.
Eeeemmm… A lo que vamos. Lo que me cobraron por los tres era un precio bastante razonable, adecuado al tiempo que iban a permanecer conmigo (¿gratis dices? Jo jo jo). Ok, aquí empezaba mi vida con esos galápagos. Lo primero los nombres, claro. Como por aquel entonces era tan hortera como ahora la cosa acabó con un enclenque Mijatovic, un estúpido Zamorano y una intrépida Lucy (algo así como la Lara Croft de los reptiles).
Estaba solo a la hora de cuidarles, ya que el amigo que me ayudó con los gorriones dijo que no quería participar esta vez. No lo entendía, con lo amante de los animales que era él… Daba igual, que se joda, podría mantenerles con vida…
“¡No les des pizza…!” Vale, no había empezado con buen pie, pero en cuanto averiguase de qué se nutrían…
Vivian en un cubo de unos 30 cm de diámetro (qué bien quedan los datos que surgen de la nada), con una islita en el centro y unas escaleritas que daban a una preciosa y realista palmerita... Muy ito y cuco ello. Nada podría perturbar el buenrollismo que había entre nosotros. Si hubiésemos sido compañeros de clase estoy seguro de que me hubieran pasado sus apuntes y exámenes.
Un día decidí reírme de la gravedad. Ni qué decir que quien rie el último… El niño, ahora aprendiz de malabarista, jugó así con sus mascotas durante días. Zamorano cayó al suelo en lo que a mi se me hizo el Tiempo bala más logrado de la historia. Las baldosas abrazaron el caparazón del diminuto animal (caparazón con una calidad a la altura del precio, como no). La oscuridad invadió la habitación, exigía un sacrificio, oía voces en mi cabeza, Lucy chillaba histérica, Mijatovic intentaba serenarla subiéndose encima… Que la maldición había regresado, vamos. Y punto.
Soy incapaz de recordar cómo murió Mijatovic. Si no me equivoco fue mi padre quien me dijo que había muerto y se lo había llevado. A saber…
Lucy… Lucy… pobre Lucy… Te juro que fue la primera vez, y la única si obviamos a Seymour (sí, hombre, el perro de Fry), que vi morir a un animal de pura pena. Lucy era una señora galápago, sabía amoldarse a cualquier situación, sin embargo, ni ella pudo aceptar el hecho de que sus dos amigos la habían dejado sola… Las pastillas de calcio en forma de tortuga no hicieron que mejorase la tía… Seguro que no me guarda rencor. Ni Manuelita ni hostias, tú eres auténtica, Lucy.
En fin, despidamos a estas tres criaturas de la Diosa como se merecen: [Carraspeo included] De la tienda a la peor de las guaridas, ese fue el viaje que sentenció vuestras vidas. Os aguardaba un cruel destino, que, la verdad, me importó un pepino.
Mas ahora temo a la ley del Talión: Ojo por ojo, caparazón por ¿armazón? Del karma soy un antojo.
Por ello aguardo la venganza de vuestros vástagos, pero recordad, mis queridos galápagos, que ante un niño medio bizco, un día fuisteis estrellas de circo.
PD: Aún guardo la palmerita.

domingo

Rosa Rubicundior

Nunca he conocido a ninguna persona así; nunca he vislumbrado tal virtud, nunca, en mi vida, llana y fácil, nunca he sentido nada parecido. Frío es el hielo que se siente y blanca la nieve que ves. Dejé la curiosidad ya tiempo, al mirar, pues no me interesa saber nada más que aquello que he visto, aquello que me sea brindado. Veo, sin embargo que, revestido, lacerado el orgullo, se esconde tras la cascada. Corta y breve, la luz, por sí misma es vedada, bruscamente. No hay más misterio que el misterio en sí. No hay más miedo que el miedo en sí. No hay más libertad que la libertad , elegir; libertad, deseo que anhela; libertad, elegir, caminar su camino, elegir su senda. No hay más dañino que el daño en sí; no hay nada peor, que no tener nada que temer. No hay más macula, que la falta de temor, por aquello que otros temen, sin más, no hay valor que dé, a aquello que ha de ser.  No hay peor miedo que el miedo a temer. Temor, al daño que uno mismo pueda hacerse, sólo por temer. Turbia mirada, no es sino, daño, que me obstaculiza, que empaña, que aleja, que hiere; al que temo... 
Dancing on the path and singing, now you got away..."(Sonata Arctica)
 
     Apenas sí ve un rayo de luz, se levanta, tararea, se arregla. Viste de colores alegres, una camiseta y unos vaqueros, pese a que casi todo su armario se llena de sombríos tonos. No enciende la luz, le gusta la oscuridad; prefiere arriesgarse a resbalar con la ropa que puebla el suelo. Ropa, del día anterior, que le acompaña hasta que sale de la habitación, con los zapatos en la mano; se los coloca al traspasar el umbral. Se dirige a la cocina, a preparar el desayuno. Suele cocinar más de lo que se gasta, cosa que adjudica a la costumbre. Abre la nevera, todo está fuera de su sitio: cervezas con los yogures, embutidos al lado de la fruta, verduras por todos los estantes. lo único que permanece en su sitio, los huevos. -De no ser por la huevera...-, piensa, divertida. Rebusca entre lo que hay, nadie podría imaginar que la compra fue ordenada la noche anterior; "ordenada" según un patrón que todavía no ha logrado entender; todo lo que le es extraño en la casa sigue un patrón similar. Descontenta con lo que ve (quizá por no encontrar el chocolate instantáneo), decide lo más simple, café y tostadas. Saca el pan de molde, sorprendida, pues detrás de él se escondían el queso y la mermelada. Oye el ruido del agua al correr, sabe que tiene tiempo de sobra, por lo menos le faltan diez minutos. Oye música, tararea. Como no encuentra la tostadora, busca la sartén, la plancha, algo. La encuentra en un armario, junto al aceite. Enciende el fogón y tuesta tres rebanadas, poco aceite y un poco de sal. Prepara el café, negro como el tizón. No entiende el por qué, pero tiene un nudo en la garganta. Hace días que le cuesta hablar, solloza. Una lágrima resbala por su cara, hacía tiempo que no lloraba. De repente, unos brazos rodean su cintura; intenta dejar de llorar.
-Lo siento-, susurra ahogadamente. Los brazos ascienden hasta que le alzan los pechos. - Imbécil- dice de manera entrecortada.
-"¿Ves? te has reído, si muestras confianza..."
-No piensas parar hasta que te odie.
-Eso no es una pregunta.
     Se gira, y le mira fijamente. Los ojos se mantienen impertérritos, a un tiempo que se acerca, lentamente. Levanta la cara para robarle un beso, pero rápido se aleja. Ella se gira de nuevo, aparentemente ofendida -Estúpido-, masculla, casi riendo, casi llorando.
     Aún rodeada, sonríe, pensando en lo que le queda por aguantar. Sigue llorando, sonriendo.

lunes

Mirar lacerado

Esta mañana estaba inspirado, evadido, extasiado... exacto, menos en clase, en cualquier sitio...
Alba que se tiñe con los colores de lo incierto,
es amarga treta de fortuna,
que quebró el temple de mi alma.
***
Miedo es quien baña su siembra,
con pura banalidad,
pues ya nada le importa.  
***
Herido, buscó a tientas aferrarse a su olvido,
mas no encuentra sino lengua ponzoñosa
para escuchar aviesa su pedido.

sábado

La posada del corderito feliz

Esta es una historia de la ciudad de los ladrones, Cadwallon. Allí, maleantes de todas las calañas y parias conviven estrechamente con ciudadanos honrados, o que pretenden serlo. Renegados, proscritos o, simplemente comerciantes, llevan sus vidas intentando subsistir con lo que puedan lograr en una jornada de negocios en el mayor puerto comercial de todo Aarklash. Esta es una historia de uno de los peores sindicatos del crimen de Cadwallon, el gremio de asesinos. Siete de ellos hacen guardia en su cuartel y base de operaciones mientras manejan todos sus negocios. Este lugar se llama La posada del corderito feliz.

     Los milicianos se encontraban inquietos, odiaban entrar a La posada del corderito feliz, sabían que encontrarían un rival difícil, y adentrarse en territorio enemigo no allanaba el camino de su empresa. Se enfrentaban a un oponente feroz, y tendrían que estar preparados para lo que pudiera pasar. El sargento escrutó con la mirada a sus hombres, capaces y disciplinados. Cuando se sintió suficientemente satisfecho, asíntió levemente con la cabeza a su segundo al mando, y se dispusieron a traspasar el umbral. La madera se quejó sobre sus goznes cuando un pie la atravesó; el desafortunado miliciano forcejeó momentáneamente con el portón, hasta que consiguió liberarse del yugo, después de eso, no se atrevió a acometer nuevamente, por temor a otras trampas que pudieran estar dispuestas.

-Buenas noches -contestó con fingida curiosidad el mesonero, a un tiempo que repasaba uno a uno a los hombres de armas-, no se preocupen por la puerta, estaba vieja. Aunque espero que eso no se quede así mucho tiempo, el invierno no es muy agradable en este distrito.

-Ahórrate las monsergas, viejo zorro -le espetó el sargento-, no estamos de paseo, y sospecho, sabes bien a qué venimos. Observó la estancia, siete individuos (asesinos, supuso) se apostaban en dos mesas, cuatro jugando a las cartas, al fondo; y tres bebiendo (o eso parecía), mientras disimulaban no atender a las cuitas del tabernero.

-Como no sea a disfrutar de nuestra zarzaparrilla...

-No me vaciles, Tom, ha habido un asesinato, en el barrio de los orfebres. Un maestro más tieso que la mojama, su mujer y sus hijos malheridos, y su taller desvalijado.

-¡Vaya!, creí que no hubo heridos de gravedad, ¿y cómo ha sido todo?

-¡Lo sabes de sobra, alfeñique! No me cambies de tema, que venimos buscando a un sospechoso. Dime, ¿dónde se encuentra Zarc Bies?

-¿El Drune?

-El asesino Drune.

-Se fue esta mañana temprano a pescar, a eso de las cinco. -Tenía entendido que por estas fechas las percas no abundan por esta parte del río.

-No ha ido buscando percas, señor, practica la pesca de la trucha.

-Truchas..., pero ese pez no habita el río -rumió el sargento-.

-Ajá, conocéis de la fauna fluvial.

-Mi padre era pescador, conozco cada milla del río, y todos los animales que en él habitan. Si me dijeras que ha ido a por escallos o barbos, aún; o incluso cangrejos de río, que bien cebados alcanzan buenos precios en el mercado de la plaza de los cocineros, pero truchas...

-¿Qué problema hay con las truchas? -¡Están llenas de espinas! por no hablar de que no hay truchas en este río.

-Ahí no tengo nada que replicar, por eso me niego a hacer trucha para el menú, se me echaría la clientela encima -señaló a los parroquianos, quienes se vieron sorprendidos ante las miradas de los doce guardias, puesto que habían dejado de finjir, y atendían abiertamente a la discusión del posadero y el sargento-. Los pescadores inflan el precio alegando que hay que traerlas de fuera. Sinvergüenzas, todos son un hatajo de sinvergüenzas.

-No es fácil conseguir el género necesario para abastecer un puesto modesto en la lonja, los mayoristas se quedan todas las existencias...

-¿Y por eso debo de pagar yo lo que otros no se llevan por más dinero?

-Hombre, no quería decir que...

-Esta es una posada modesta, por dios, no pretendo hacerle sombra al barrio de los comerciantes de seda, pero...

-Espera un momento, ¿de qué estabamos hablando? -De la pesca fluvial, señor -respondió el segundo al
mando-.

-¿De la pesca fluvial? ¡Un momento! no tenemos tiempo para trivialidades...

-No veo qué tiene de trivial el llevarse el pan a la boca, pensé que usted que había sido pescador...

-Eh, eh, eh, mi padre.

-Bueno, pues su padre de usted. Con más razón debiera de conocer los problemas de...

-No cambies otra vez de tema, maldito haragán, y respóndeme, que a eso venimos -cortó el sargento, exhasperado-. ¿dónde está Zarc Bies?

-Aaaaaah, ¿con que era eso?, se fue a pescar esta mañana, bastante temprano, truchas, creo.

-Sabes que no hay truchas en el río, creo que ha quedado claro.

-Por eso se fue temprano... se dirigía a Laverne, sí, a la pesca de la trucha.

-¿Laverne? sí, es posible, recuerdo una vez que...

-Mi señor, es largo el viaje para llegar a Laverne.

-Cierto es. A ver, si se hubiera levantado a las cinco, sólo llevaría un par de horas pescando, eso habiendo contratado a los barqueros más capaces, cosa que se me antoja absurda, por todo lo dicho. Mientes -se dirigió nuevamente al tabernero, tras sus reflexiones-.

-¿Por qué habría de mentir en algo tan banal como el contrabando de truchas? -¡Para encubrir a un maldito asesino! No sois más que una panda de maleantes. -Está calumniando el buen nombre de este techo, creo que no merecemos ese trato.

-¿Buen nombre? Buen nombre, ¡ja! No creo yo que este sitio haya sido jamás un negocio honrado. -¿Por qué decís eso? Esta posada la construyó mi abuelo con sus propias...

-Todo el mundo conoce la historia, Tom, tu anuelo levantó esta casa de ratas como madriguera para sus trapicheos. Y déjate ya de tonterías, que aquí las preguntas las hago yo. A ver -se tranquilizó, aparentemente- Zarc Bies se hospeda aquí; ¿qué hizo la noche anterior a eso de las doce?

-Señor -dijo uno de los parroquianos, dirigiéndose al sargento-, el pobre moreno estuvo toda la santa noche jugando a las cartas, jugó mucho y mal, tengo aquí sus botas para demostrarlo -pisoteó ruidosamente-.

-¿Y quién me dice que estuviste tú aquí con él? -replicó notablemente molesto.

-Señor sargento -inquirió un segundo-, señor; yo también participé en la timba.

-La misma mierda con el mismo collar. ¿Hay algiuen aquí que no jugara a las cartas con el Drune anoche? -preguntó, dirigiéndose a la parroquia. Los tres bebedores levantaron la mano con timidez.

-Señor, Puede preguntarle al alguacil Abbot, que también estuvo aquí anoche.

-Da igual, déjalo.

     Los parroquianos volvieron a sus quehaceres, excepto uno, que se quedó en la barra.

-Sargento -un miliciano se adelantó-, no podemos dejarlo así, tenemos al sospechoso al alcance de la mano.

-¿Y qué propones? -preguntó el susodicho con hastío. El miliciano se calló y volvió a la fila, aparentemente frustrado.

-Por cierto, Tom, andábamos buscando a un tal Rorcester de Icquor, desde hace un par de semanas, ¿qué puedes decirme de él? Tengo entendido que es del gremio.

-Tiene un piso franco cerca del puerto, calle de las herrerías, número sesenta y dos, sobre el negocio de Ian Blacksmith; suele estar por las mañanas ya que por la tarde sale a "atender sus negocios".

-El Sargento enarcó una ceja, a lo que el tabernero respondió con una sonrisa socarrona

-Dejó de pagar las tasas el mes pasado, siento no haber podido ser de mayor ayuda- añadió.
     El rezagado comenzó a reír a mandíbula batiente, y el mesonero finjió una tos para simular la risa, que no pudo aguantar.

-Gracias por la información; el lunes tendrás a uno de mis hombres con lo de la puerta, Tom.

-Siempre es un placer colaborar con la milicia.

     Cuando los hombres de armas salieron de la posada, un coro de voces y risas jaleó a "El bueno de Tom".

miércoles

Dulce agonía

Rebuscando material que reciclar, encontré este escrito por casualidad, me parece aceptable, así que aquí lo dejo, para uso y disfrute de quien guste.
Un saludo.
La vida se fue de las manos en cuanto aquellas garras acariciaron el interior de sus yermos dedos... -¿acaso es lícito este fin?-, pensó el afortunado moribundo, tan inconsciente de lo que en breve acontecería como del tiempo que había más allá de la ventana; incapaz de sentir más que a sí mismo, percibió el abrazo de la muerte como se siente el calor de un hogar, después de una travesía bajo la nieve. -¿Acaso merezco morir así?-, repitió desesperadamente, alzando una imaginaria voz que sabía, nadie oiría, pues fue callada hace mucho. No comprendía lo que aquello significaba, no entendía lo que aquello conllevaba, no podía sentir más que miedo, ante la presencia de aquel abrazo embozado... hasta que llegó la calma. El cerebro aguantó, apagada la conciencia, hasta que el resto de su cuerpo murío, lentamente, órgano tras órgano, como un pomposo proceso de desmantelamiento preparado ya de antemano. Pese a todo, una palabra surcó el aire de la habitación -perdón-, dijeron aquellos labios, tras tantos meses de silencio. -Te perdono-, se escuchó, seguido de un sollozo; -Te perdono- pudo oírse una y otra vez, nunca con la misma voz, y aquel cadáver en vida sonrió levemente...Curioso es que, para una persona alejada tanto tiempo de la vida, la muerte significara acercarse tanto a ella, como para poder vivirla, un último instante. Aquella máquina dejó de sonar. -Ha fallecido-, dijo una voz. La calma dejó paso al dolor, y el dolor al descanso: por fín descansaría .